Por eso la liturgia nos regala este
tiempo de Adviento. Cuatro semanas para encontrar con el salmista, un
lugar para el Señor en nuestra vida. Pero no cualquier lugar. El amor no
entiende de apaños sino de entrega. Un lugar central, fundamental.
Desde el que todo lo que somos, hacemos y vivimos esté “tocado de
Dios”. El Rey David hace promesa firme de no descansar hasta que
encuentre ese lugar. Nosotros estamos invitados a lo mismo. Con
perseverancia, con firmeza, desde el gozo.
Pero encontrar un lugar necesita que nos
pongamos a buscar con alegría e ilusión. Adviento es tiempo de
ilusionarnos con el Dios que no se cansa de venir a buscarnos, que no se
concede el derecho de decepcionarse con nosotros, obra suya, aunque en
ocasiones el pecado nos manche las manos y el corazón. Dios viene, la
iniciativa es suya, nos toma de la mano, nos dice que se puede comenzar
de nuevo. Ahora nos toca a nosotros preparar el lugar para acogerle.
Siempre existirá la tentación de decirle que “no hay sitio en la posada”
porque está demasiado ocupada o estamos demasiado cansados por exceso
de realismo, y ya no tenemos el ánimo para recomenzar. Aún así,
¡encontremos un lugar para el Señor!
Para ello es necesario escuchar, como
María, como José, como Isaías o Juan Bautista. Escuchar como los grandes
creyentes de la historia. Escuchar la Palabra en este año que en
nuestra Diócesis estamos empeñados en ser discípulos y misioneros de la
misma. Escuchar la Promesa de Dios durante la primera semana de
Adviento, escuchar cómo hacerla realidad y cómo descubrir los signos de
su venida durante la segunda y tercera semana y por último, escuchar en
la cuarta, cómo prepararlo todo para acoger al que viene. Escuchar para
acoger y acoger preparando para Él, un lugar en nuestra vida. Y luego,
en Navidad, salir, porque el amor es expansivo. Como los pastores y los
magos. Y contar a todos “quien es este niño”. Y descubrir con asombro,
que fuimos buscados primero. Que sólo puede preparar sitio, quien se
deja conducir, aún sin saberlo. Y que, mientras nosotros nos empeñábamos
en recorrer el camino que nos separaba de Él, Él ya había recorrido el
camino que llegaba a nosotros.
“No daré sueño a mis ojos, ni descanso a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor”
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